Saltos ornamentales

Saltos ornamentales en el CeNARD: en busca de un clavadista olímpico

Saltos ornamentales en el CeNARD: en busca de un clavadista olímpico

Una treintena de chicos de entre 6 y 18 años confluye en la única pileta cubierta de saltos que hay en Buenos Aires. Obstáculos e ilusiones de una disciplina lejos de su auge que intenta revivir en Argentina.

Los chicos en la primera clase del año en la escuela de desarrollo del CeNARD. Crédito: Andrea de Ruvo.

Violeta tiene frío. Las rutinas preliminares de flexibilidad en las colchonetas le dieron paso a la pileta. Un salto estilo palito. Luego otro. Uno más. Suficiente. El agua está a 24 grados, seis menos que lo ideal, y el cuerpo pide salir. Pasa por las duchas y vuelve tiritando: allí tampoco hay agua caliente. A unos metros, su hermanito Salvador escucha las indicaciones con atención y se concentra: mide las distancias, calcula la altura, ajusta los pasos y se tira. Salió bien. Salió mal. Lo cierto es que cuando sale del agua también tiembla.

“Así nunca vamos a llegar a los Juegos Olímpicos”. Una porción de enojo, una taza de indignación y una cucharada de aceptación. Eso se saborea en la frase de Andrea de Ruvo, profesora en la escuela de desarrollo de saltos ornamentales, que con apoyo de la Secretaría de Deportes funciona martes y jueves en la pileta de saltos del Centro Nacional de Alto Rendimiento Deportivo (CeNARD), donde alrededor de 30 chicos de entre 6 y 18 años se entrenan dos veces por semana con la ilusión de ser los próximos Tom Daley o Minxia Wu. Aunque con menos recursos, claro.

Andrea y Carlos Caio Moreno manejan desde hace 25 años la escuela de saltos de Racing y Gabriel Hausberger hace 15 que hace lo propio con la escuela de Banco Central. Los tres, ex clavadistas, entrenadores y profesores, retomaron el año pasado la escuela de desarrollo en el CeNARD tras un periodo de interrupción. El lugar y los integrantes del plantel no son casuales. Los tres manejan los únicos dos clubes que practican la disciplina en la zona y la pileta es la única cubierta que hay en Buenos Aires, por lo que el escenario es esencial para la continuidad de la actividad durante el invierno.

“Los saltos ornamentales estuvieron tan opacados que en un momento no tuvimos ni subsidios ni apoyos de los clubes, que no les daban bola. Ahora uno puede apostar a esta disciplina”, cuenta De Ruvo. La beca de Secretaría alcanza para cubrir los viáticos y sirve de combustible para seguir a pesar de los obstáculos. “Nosotros en la escuela de desarrollo trabajamos como nos piden: tres veces por semana, dos horas. Y deberíamos trabajar seis veces por semana, tres horas; el triple, sobre todo con los chicos federados. Es poco y no se puede llegar a nada. No hay apoyo para que los profes se dediquen a esto”, amplía Andrea.

El programa corre durante ocho meses, de abril a noviembre. El objetivo es captar talentos para que estos se desarrollen y puedan dar el salto competitivo en las escuelas de tecnificación, aunque estas por ahora no cuentan con saltos. Solución práctica: pasan a los chicos a un club para que se federen y compitan en un nivel más elevado.

En el verano, Caio y Andrea tienen unos 60 chicos en Racing. Incluidos los que no practican en Avellaneda, la mitad de esa cantidad asiste al CeNARD. “Trasladarse hasta Nuñez desde zona sur en días de semana a las 5 de la tarde les cuesta, entonces en invierno merma la actividad”, explica la profesora. Hoy a la clase concurrieron unos 15. A enfermedades y problemas cotidianos, se les suman trabas, errores no forzados y la desidia: la bomba de la pileta no funciona y la solución debe aguardar a la burocracia. Mientras, se utiliza el agua al mínimo; los chicos tienen frío.

Racing a la izquierda y Banco Central a la derecha. Juntos se entrenan durante el invierno en el CeNARD. Crédito: Andrea de Ruvo.

Historia de altibajos

Los clavados son una de las competencias más atractivas de los Juegos Olímpicos. La historia del deporte se remonta a la Antigua Grecia, donde se realizaban concursos de saltos en las costas del Peloponeso. A fines del siglo XIX se desarrolló institucionalmente la disciplina en Europa con el auge de una actividad hermana como la gimnasia artística. En 1904, los saltos ornamentales hicieron su debut olímpico en los Juegos de Saint Louis.

Argentina tiene una rica e irregular historia de campeones continentales como Hugo Roldán, que se quedó con la medalla dorada en trampolín en los Juegos Olímpicos para sordos de Belgrado, en 1969. O Verónica Ribot, nacida en Buenos Aires y radicada desde pequeña en Estados Unidos, que a una docena de preseas sudamericanas le sumó tres participaciones olímpicas, incluido un diploma al finalizar octava en plataforma individual en Barcelona 92.

La trama olímpica argentina es más escueta. Solo cuatro clavadistas concurrieron a unos Juegos y dos de ellas sin final feliz. Además de Ribot y Karina Goltman (23ª en Barcelona), Cristina Hardekopf quedó en los libros de historia como la única mujer argentina en Roma 60 y la abanderada de aquella de delegación, aunque una indigestión le impidió competir. Más acá en el tiempo, la uzbeka Svetlana Ischkova, radicada con su familia en Mar del Plata, se nacionalizó y compitió en Sídney 2000. No le fue bien: quedó 40ª en trampolín.

“El deporte estaba en pleno auge cuando yo competía, del 89 hasta principios de 2000, y después en 2009 que fue el Sudamericano acá. Y después murió”, recuerda De Ruvo, quien confía en que el nuevo proceso impulsado por la escuelas de desarrollo y el efecto Buenos Aires 2018 sirva para revitalizar el deporte. “Lo vi morir y resurgir dos veces”, señala la profesora. Y advierte: “Este proyecto es por cuatro años. Si todo sigue bien se supone que el plan debe continuar”.

 

Paciencia y desarrollo

Una buena noticia: cuatro chicos compitieron esta semana en el Sudamericano Juvenil de Cali. Tres de ellos provienen de centros donde del deporte lleva un proceso de trabajo más continuado y poseen el mínimo de infraestructura indispensable, como Córdoba o Mar del Plata. Una mala noticia: el mejor ubicado de los cuatro fue Santiago Ferrari, jujeño que practica gimnasia acrobática. Los saltos ornamentales son casi una rareza para él: allá en Jujuy no hay piletas con trampolín.

“Secretaría está dando elementos y materiales y la federación colabora. Por ejemplo, un trampolín te sale 10 mil dólares y tenemos uno solo para toda la escuela de desarrollo y los dos clubes. Necesitábamos un trampolín de piso y como era poca plata lo pedimos a través de la federación y nos lo dieron”, destaca De Ruvo. Pero las buenas intenciones por si solas no alcanzan y la real inversión en el deporte requiere paciencia y desarrollo. Y recursos. “Nos falta trampolín, cama elástica, colchonetas, sogas, cintas de seguridad. No es tanto y a la vez no es barato”, cuenta Andrea, aunque en el mediano y largo plazo es una inversión redituable. “Si se compra una vez te dura 10 años”.

Los saltos ornamentales combinan precisión, técnica y estética. Es una disciplina atractiva para el que la practica y también para el que la mira. Es por eso que cada cuatro años se lleva horas y horas de la programación de los canales que transmiten los Juegos Olímpicos, aun cuando casi nunca hay argentinos involucrados. El efecto olímpico, como en muchos deportes, se siente. Y el interés de los chicos y los padres se multiplica. Incluso Celebrity Splash, programa de juegos conducido por Marley en 2013 en el que famosos realizaban saltos en trampolín, incrementó los llamados a los entrenadores. El problema: Telefe emitió el programa en invierno y no había desarrollo de la actividad en pileta cubierta. El efecto se perdió.

Gabriel observa en el fondo. La cama elástica es parte fundamental de la preparación fuera del agua. Crédito: natacion.com.ar

Capacitación e infraestructura: dos pilares para el desarrollo de cualquier deporte en los que De Ruvo hace eje para el crecimiento de la disciplina en el país: “Hay que capacitar a más entrenadores. Por ejemplo en las clases de natación se puede enseñar a los chicos a tirarse del borde de diferentes formas orientado a los saltos ornamentales para que el chico sepa que existen muchas disciplinas acuáticas. E infraestructura necesitamos urgente. En Parque Roca van a hacer una pileta para los Juegos de la Juventud, pero vamos a ver qué tipo de pileta hacen. Por ejemplo la del CeNARD la hicieron mal: las dimensiones no son las oficiales, las plataformas se mueven, son finitas. Para desarrollo sirven, pero si querés hacer una competencia en Argentina no hay una pileta preparada”.

Paciencia y desarrollo. Lo firma Andrea: “En esta disciplina necesitamos mínimamente 10 años para tener una persona que pueda llegar a unos Panamericanos o a los Juegos Olímpicos”. Paciencia y desarrollo. Dos palabras que el diccionario del deporte argentino extravió por el camino.

 

“Ganamos más dando clases de natación”

Las chicas de nado sincronizado usan la mitad de la pileta, así que los saltos desde la plataforma deberán esperar. En el trampolín de tres metros, Rafa juega con la mini toalla super absorbente como los chinos que ve en la tele. Caio lo ve y le dice que la tire. “No es para jugar, es para secarse, si estás todo mojado”, le dice riendo. En la otra punta, Pepo se concentra, visualiza el salto y se arroja a la pileta. “Es complicado”, dice Santiago. ¿El mortal que intentó? “No, todos. Si esto solo lo hacés acá”. A un costado, Lucas trabaja en la colchoneta. Perfeccionista, sabe en qué se equivocó y repasa el salto con Gabriel. Intenta de nuevo. Y atrás va Eugenia, que casi cae con la nunca. ¿No les da miedo romperse todo? “Y, un poco sí”, confiesan con naturalidad.

“Somos como una familia. Esta es una disciplina de pocos porque no todo el mundo se anima a tirarse dando vueltas de altura”, destaca Andrea. Los chicos juegan, la pasan bien y crecen. Se dan ánimo y se mejoran a sí mismos. “No me sale”, dice Lucas. Los entrenadores le piden un salto de mayor dificultad y no le encuentra la vuelta. “Dale, no te animás, cagón”, presiona Santiago. “Pese a ser una actividad de riesgo, a ellos les gusta mucho, son como pruebas para ellos y se apoyan”, añade la profesora. Lucas se concentra y mide el salto. Ahora sí le sale.

A Ciro se le nota la técnica depurada y la capacidad para dar vueltas. Pero le falta confianza. Andrea lo agarra y le da una charla motivacional como si fuera Mickey aconsejando a Rocky Balboa en medio de una pelea. Intenta una vez más y el salto sale perfecto. “No soy psicóloga”, confiesa. La falta del equipo adecuado la obliga a ocupar todos los roles. “La cabeza en los saltos ornamentales es re importante. La técnica se puede adquirir, pero si no tenés la cabeza preparada para superar los miedos no llegas a nada. Hay que hacer un trabajo psicológico fuerte y si bien nosotros como profes tenemos la base, necesitamos un psicólogo deportivo”.

Para tener más personal hacen falta recursos y para tener estos hacen falta resultados. “Cuando tengas logros andreita, ahí vas a poder, me dicen, pero cómo tengo el logro si no le meto horas de entrenamiento”. El eterno círculo vicioso del desarrollo deportivo en Argentina. “En varios momentos morimos, decimos basta, no lo hagamos. Remamos en una marea de dulce de leche. Pero es lo que nos gusta. Es lo que nos reconforta”, sostiene Andrea.

Optimismo y escepticismo conviven todo el tiempo en este grupo de entrenadores. Por un lado celebran las buenas intenciones para mejorar que llevaron a la reactivación de la escuela. Por el otro, desconfían de la falta de compromiso de parte de la dirigencia. “Trabajamos con el paso a paso”, sostienen. Al fin y al cabo, siguen adelante por pasión: “La verdad es que ganamos más dando clases de natación”.

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