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Mucho más que sólo mujeres

Mucho más que sólo mujeres

En el marco del Día Internacional de la Mujer, les acercamos cuatro historias de vida de deportistas que supieron llegar a lo más alto sin la necesidad de primeros puestos. Día tras día, luchan contra los prejuicios machistas para hacer de éste mundo un lugar cada vez más justo.

Mimi Sosa y su identidad wichí marcada en la piel. Crédito: La Nación.

En una sociedad inducida a creer que el éxito es ganar sin importar cómo y que el reconocimiento debe ser proporcional a la cantidad de medallas obtenidas, existen mujeres que abrazan la alta competencia y van mucho más allá de la gloria deportiva. Entienden que al fin y al cabo ésta última no deja de ser efímera y que inspirar con su ejemplo estableciendo como eje principal los valores, la empatía, la convicción y la lucha incansable por ser las protagonistas de su propia vida, deja enseñanzas mucho más duraderas en gente que realmente lo necesita.

Hoy, 8 de Marzo, habrá marchas populares en ciudades de todo el mundo y miles de mujeres pararán para decirle, entre muchas otras cosas, basta a la violencia machista y para exigir igualdad de género en todas sus formas. Ayer, hoy y mañana existirán aquellas que luchen por sus derechos, que elijan por ellas mismas y que demuestren que aunque históricamente les hicieron creer ser el sexo débil, la fortaleza de vivir libremente pese a la mirada crítica es mucho más grande que cualquier prejuicio impuesto. Porque ya no se esconden más, porque saben a dónde van y porque demuestran firmemente que tienen mucho para enseñar, sólo hay que saber verlas.

Mónica Santino

Mónica Santino trabaja por la igualdad de género desde el fútbol. Crédito: Revista Peutea.

Si hay algo de lo que Mónica Santino, de 52 años, sabe es acerca de derribar barreras. Actual entrenadora del equipo de fútbol femenino de la Villa 31 hace casi 11 años e impulsora de la Asociación Civil “La Nuestra”, comenzó patear una pelota en el potrero de su barrio de San Isidro rodeada de hombres, llegó a estar fichada por AFA para defender los colores del Club Atlético All Boys y decidió crear la vida que quería vivir estudiando para convertirse en la mejor Directora Técnica que ella podría ser. Hoy, con la convicción como bandera, entrena a más de 60 chicas en el Barrio de Güemes del asentamiento que se ubica en Retiro. Allí, junto con tres entrenadoras más, una kinesióloga y una psicóloga le hacen frente a las desigualdades sociales y de género con una de las excusas más lindas: el fútbol.

Los comienzos fueron muy duros. Mónica, junto a un puñado de chicas que entendieron que debían hacer cumplir sus derechos, logró disponer de la cancha en la que los varones se alzaban como dueños y hacerle un lugar al fútbol femenino de una vez y para siempre. ¿La consecuencia? Lluvias de piedrazos provenientes de hombres al grito de “vayan a lavar los platos” y constantes insultos que buscaban evitar el empoderamiento de las mujeres en un espacio que ellos creían que les pertenecía.

De los logros más importantes, que la propia Mónica resalta, es el de las charlas post entrenamiento en las que las chicas se animan a hablar de problemas personales y entre todas crean conciencia afianzando temas tales como violencia de género, embarazo adolescente, educación sexual, entre otros. Todas se escuchan, se entienden y se apoyan, porque saben que lo conseguido hasta ahora fue gracias a que estuvieron juntas y esa unión es el sostén necesario para continuar superando obstáculos.

El año pasado “La Nuestra” cumplió 10 años de existencia y la invitación a la jornada de arte y música con la que celebraron resume a la perfección la lucha por la que aún continúan de pie: “Cumplimos diez años y queremos festejar. Porque somos muchas más. Porque ganamos la cancha a fuerza de sacrificio, pases cortos, gambetas y convicciones. Porque somos mujeres decididas a no dar ninguna pelota por perdida. Porque entendimos que en la cancha entramos todas y que a veces las líneas de cal pueden estirarse hasta el infinito. Porque nuestros cuerpos son más nuestros que nunca”.

Carolina Sánchez

Carolina Sánchez, mujer emblema del básquet argentino. Crédito: Basquetplus.

Diecinueve años de haber formado parte del seleccionado de básquet (1995 – 2014) y diez años consecutivos siendo la capitana de ese equipo distinguen a Carolina Sánchez como la jugadora más influyente de dicho deporte en la rama femenina de nuestro país.

Mendocina, nacida en la ciudad de Guaymallén, comenzó a picar la naranja a los 7 años de edad y rápidamente se convirtió en una pivot que no vacilaba en demostrar su talento. Con tan sólo 14 años emigró a Italia y fue en el club Palermo, en Sicilia, dónde comenzó con su carrera profesional. Ese fue el inicio de una larga trayectoria en clubes europeos y latinoamericanos.

Ya estando retirada de la selección y luego de haberse consagrado campeona con el club argentino Andes Talleres en Primera División, se encontraba asentada en Mendoza cuando aceptó la propuesta de jugar en el Costa Masnaga de la Serie A2 de Italia a sus 40 años. Hoy, dos años después y lejos de pensar en el retiro, se encuentra a la espera del comienzo de la Liga Femenina de Básquetbol que impulsa la Confederación Argentina de Básquetbol (CABB) desde el año pasado, en la cual competirá con el club mendocino Las Heras Básquet.

Es el emblema de la celeste y blanca y aún sus excompañeras la consideran como la eterna capitana por el esfuerzo, la dedicación y la pasión que dejó como legado. A partir del año pasado se convirtió en la mánager de las divisiones inferiores argentinas designada por la CABB y se encarga de detectar talentos, difundir el básquet femenino y acompañar a las más pequeñas desde sus inicios.

En un país en dónde por logros y reconocimiento todos los referentes basquetbolísticos suelen ser hombres, Carolina les abre paso a las mujeres reconociéndolas por su esfuerzo, construyendo ídolas y alentándolas a convertirse ellas mismas en protagonistas.

Emilce Sosa

Emilce Sosa, referente del vóley argentino y embajadora de los pueblos originarios. Crédito: El Gráfico.

Emilce Sosa, más conocida como Mimí, es una voleibolista formoseña que forma parte del seleccionado argentino denominado “Las Panteras”. Si bien las mujeres estuvieron históricamente a la sombra de la selección maculina, en 2016 lograron clasificarse a los Juegos Olímpicos de Río por primera vez en la historia. Por otra parte, la trayectoria deportiva de Sosa se completa con su paso por dos clubes rumanos (CSM Bucuresti y Stiinta Bacau) y tres brasileños (Rio do Sul, Pinheiros, Sao Caetano). Actualmente se encuentra compitiendo aún en la liga del país vecino y desde que es profesional jugando en el exterior vive de lo que la apasiona.

Además del vóley, uno de sus grandes amores es la Comunidad Wichí de Lote I ubicada en Formosa. Allí vivió y se crío desde los 6 años luego de mudarse con sus padres para acompañarlos en su labor de maestros rurales. Como ella misma afirma en un blog de su autoría, esa experiencia le “enseñó a vivir como lo hacen las personas que no tienen nada material, pero sí muchas cosas que hoy en día nuestra sociedad no tiene, como el respeto, la lealtad y la humildad”. Asimismo, afirma que ahí fue donde aprendió a vivir y que ese legado lo llevará por siempre a dónde sea que vaya. Como reconocimiento a la sabiduría y al amor que siempre le brindaron, Mimí lleva tatuada una frase en su antebrazo escrita en dialecto Wichi que dice “Otetsel ta n’am talakis” y significa “Mis raíces. Mi historia”. Lo luce con mucho orgullo en cada uno de sus festejos así como también continúa estando presente para acompañarlos y ayudarlos en todo lo que esté a su alcance.

Sin ir más lejos, hace unos años fue designada como madrina de la escuela de voley del Club Huracán de su ciudad natal, Ibarreta. Está integrada por más de 120 alumnos entre varones y nenas desde 6 a 18 años. Fue ella misma la que viajó hasta allí no sólo para agradecer por el reconocimiento, sino para transmitirles a los más chicos su experiencia con el fin de motivarlos e inculcarles que son capaces de construir su propia historia de amor y pasión si así se lo proponen, sin importar desde dónde vengan.

Jennifer Dahlgren

Jenny Dahlgren combinó literatura y deporte para luchar contra el bullying.

Jennifer Dahlgren es una de las atletas especializada en lanzamiento de martillo más destacada de nuestro país. Fue siete veces campeona nacional (2008, 2009, 2010, 2012, 2014, 2015 y 2016), tres veces campeona sudamericana, campeona panamericana junior, medalla de bronce en los Juegos Panamericanos de 2007 y representó a Argentina en los Juegos Olímpicos de Atenas 2004, Pekín 2008, Londres 2012 y Río de Janeiro 2016. Hija de la también atleta olímpica Irene Fitzner, quien participó en los Juegos Olímpicos de Munich 1972, practica además golf, judo y jiu jitsu.

Una de las etapas más oscuras de su vida fue durante la adolescencia, cuando a partir de los 13 años comenzó a sufrir bullying por parte de sus compañeros de colegio. Debido a su gran contextura física recibía insultos a diario y tuvo que soportar crueldades atroces tales como que le incendiaran un zapato que llevaba puesto en medio de una clase. Jennifer asegura que pudo salir adelante gracias a que encontró en el lanzamiento de martillo la contención que necesitaba. Cuando ya era dueña del récord sudamericano con una marca de 73,74 metros, declaró en Perfil: “En el secundario los chicos me torturaban porque era grandota. Me medían la espalda con una regla o dibujaban una heladera con mi cara. A esa edad sólo querés ser aceptado y no ser diferente. El lanzamiento de martillo me permitió ver mi cuerpo, que era negativo para mis compañeros, como algo positivo”.

Por otra parte, asegura que no es fácil hablar del tema cuando se es víctima y que ella fue capaz de contar todo lo que había sufrido recién a los 30 años. Poder aceptar su cuerpo, sentirlo propio y tener la fortaleza para diferenciar los comentarios destructivos de lo que ella cree de sí misma le costaron muchos años de su vida. Es por eso que en el 2016 publicó un libro infantil de su autoría llamado “El martillo volador y otros cuentos” a través del cual cuenta sus vivencias y busca crear conciencia acerca del poder devastador del bullying. Lleva sus libros a colegios y da charlas con el único fin de que los más chicos tomen conciencia acerca de este tema. A su vez, les inculca que los deportes no entienden de género y los alienta a que sean auténticos, porque entiende que la felicidad se encuentra en romper con aquellos estereotipos que intentan definir a las personas y únicamente restan libertad.

 

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