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Combate medieval: deporte con cascos, armaduras y espadas

Combate medieval: deporte con cascos, armaduras y espadas

Guerreros del siglo XXI, unos 200 luchadores compiten en Argentina al combate medieval, un producto deportivo ligado cultural e históricamente a un movimiento recreacionista integral. Secretos de una disciplina singular: “Es el único deporte en el que podés partirle un hacha en la cabeza a una persona y no ir preso”.

Un luchador en la exhibición de la selección de combate medieval realizada en febrero en Plaza Irlanda. Foto: Cinco Anillos.

Un grupo de chicos se divierte andando en bicicleta mientras los adultos a cargo los observan sentados en bancos entre mate y facturas. Una pareja charla e intercambia caricias, tirada en el césped, a la sombra de un árbol. Atletas del turno tarde caminan bordes y diagonales en repetición interminable con el objetivo de quemar calorías. Un perro merodea la zona, esquiva las bicicletas, a los adultos que toman mate, a la pareja que charla en el pasto y a los caminantes; olfatea todo, se frena, y vuelve a andar. Otros caninos, a la distancia, lo ignoran.

Plaza céntrica; tarde veraniega.

Guerreros vestidos con armaduras y cascos esperan su hora a la sombra de un árbol. Algunos toman agua, otros charlan con propios y extraños. Unos pocos miran a la nada buscando concentración plena. El llamado los convoca a la arena de combate. Bajo un sol abrasador, toman espadas y hachas, ingresan a la liza y se agrupan en columnas. Frente a frente. A la señal de “¡ahora!”, avanzan con cautela hasta que los primeros cruces desatan un torbellino de golpes y gritos. Unos caen, otros se mantienen de pie. El público brama.

Plaza céntrica; tarde veraniega.

Combate medieval es un deporte competitivo de lucha surgido en Rusia hace dos décadas. Desprendimiento del movimiento de recreacionismo histórico, cuenta con organizaciones a nivel internacional: la Batalla de las Naciones (HMB), competencia original, y la Federación Internacional de Combate Medieval, creada hace un lustro producto de una escisión en la primera. Las dos entidades organizan mundiales anualmente. Este año se disputarán en mayo, en Italia y en Escocia. En Argentina el deporte existe desde hace cinco años y desde 2014 se puso en funcionamiento una federación que envía un seleccionado a competir contra las potencias europeas.

“A nivel internacional nos respetan muchísimo porque damos muchísima pelea”, dice Juan Fortunato, presidente de la Federación Argentina de Clubes de Combate Medieval (FACCoM). “En 2015 salimos sextos en el mundial dentro de 37 países ganándole a Inglaterra, Francia, Italia, España, pero caímos con los mejores: Rusia, Bielorrusia, Ucrania, Polonia, todos los gigantes que no tienen corazón ni sentimientos”, agrega Fortunato. “Esos te pegan y se divierten”.

“¿Se están pegando en serio?”.

Sí.

En febrero, la federación organizó una exhibición en la Plaza Irlanda, en Caballito. Luchadores de diferentes clubes, que conforman las selecciones nacionales, realizaron una jornada de entrenamiento abierta al público. Decenas de curiosos se acercaron a observar con entusiasmo como gigantes en armaduras se trenzaban a golpes dentro de una liza improvisada para la ocasión. Absortos, muchos de ellos repetían la pregunta.

“Se están pegando en serio”.

Sí.

Existen en el país unos 19 clubes de combate repartidos en media docena de provincias. “Tenemos aproximadamente unos 200 guerreros con armadura completa, 180 hombres y más de 30 mujeres. Y todos los que están metidos rondan las 600 personas”, detalla Fortunato. Pero pese a ser un movimiento de nicho, el crecimiento es constante. “Hay cuatro clubes más en formación. Para entrar en la federación se necesita tener tres luchadores con armadura completa y haber participado de un torneo oficial. Acá se organizan seis torneos importantes al año más exhibiciones”.

La variedad de competencias es inmensa. Hay modalidades de combate mano a mano, tres contra tres, cinco contra cinco, 21 contra 21 e incluso 50 contra 50. Una auténtica batalla. Hay luchas con espadas de mano y media (1,40m), con escudo heráldico (grande y curvo), con espada de una mano, rodela (escudo chico y redondo) y astas (armas enastadas de 1,90m y 3kg). En algunas disciplinas la diferencia se establece por puntos. En otras, las más atractivas, gana el que queda de pie.

Pese a las apariencias, el deporte está regulado. Una suerte de árbitros certificados a nivel internacional por las federaciones, llamados marshalls, detienen las acciones cuando se produce alguna situación irregular o aplican sanciones en caso de golpes fuera de reglamento. “Está todo muy detallado para que no haya accidentes. Si uno hace las cosas bien no va a haber inconvenientes”, dice Fortunato, aunque reconoce que la existencia de reglas no inhabilita la posibilidad de lesiones. “El dolor se siente pero no te va a lastimar, no deja de ser un deporte de contacto y puede que haya algo, como salir con la nariz rota”.

Pese a las apariencias, también, no se trata de un grupo de loquitos en armadura que salen a partirse a hachazos en la cabeza porque sí. Hay una correlación deportiva, cultural e histórica que pinta de un color más intenso la disciplina.

Julián Villa es entrenador del club Valherjes, asentado en zona sur y con una subsede en Capital. “Veníamos del recreacionismo del periodo del año 600 hasta el 1100, vikingos y normandos. Valherjes surgió así. Fue uno de los primeros clubes de recreacionismo medieval en Argentina”, cuenta quien ingresó en el movimiento hace siete años y junto a una parte de los integrantes del club se volcó al lado del combate. “Ahora hacemos las dos cosas: los Arimanni, que recrean lombardos, y los Grifos, que practicamos combate”.

Julián no solo es entrenador, sino herrero. Si bien algunos luchadores cuentan con la posibilidad de comprar equipamiento en Europa, cada club cuenta con su propio armero para facilitar armaduras y elementos de combate de forma artesanal. “Arrancamos con armaduras hechas con pedazos de calefón viendo videos en youtube y con el paso de los años fuimos adquiriendo habilidades. Ahora ya pudimos juntar plata y comprar. Hay de todo, armaduras de hierro, de acero, de acero templado, pero lo mejor es titanio, lo que más dura”, describe Villa. “Hay tres o cuatro modelos de armaduras básicas, lo que sí cambia es el material”, añade el entrenador de Valherjes. “Una armadura de hierro de 30 kilos sale unos 15 mil pesos, mientras que una de titanio a full cuesta de 70 mil para arriba. Y una armadura más detallada, como la gótica, no baja de 4 mil euros. Es una moneda”.

Las armaduras, espadas, cascos, hachas deben obedecer con rigurosidad histórica al período y grupo guerrero que representan. Para ello existe un comité de historicidad que se encarga de evaluar y autorizar cada elemento. Y cada club, además de un armero, cuenta con su propio historiador. “Según el reglamento tenemos un período histórico para elegir un tipo de armadura completo, o sea casco, pecho, cintura, pierna, guantes, botas, todo, que va del siglo XII al siglo XVI. Podemos elegir cualquier sector de Europa y Asia”, explica Fortunato, quien además de presidir la federación de clubes es capitán del club Ghoakhan, de nombre mongol y con equipamiento asiático.

Publicado por Federación Argentina de Clubes de Combate Medieval en sábado, 17 de febrero de 2018

La historicidad es requisito fundamental para el desarrollo de la práctica, pero no es indispensable para el ingreso a la misma. El propio presidente de la FACCoM era ajeno a la movida. “Yo practico artes marciales desde los 8 años. Un día vi una de estas ferias y me encontré con un grupo de chicos que se estaban golpeando de verdad y me llamó mucho la atención. Me informé, entré a un club y al tiempo con amigos armamos otro. Pero me metí por la violencia, los golpes”. Fortunato lo sentencia con una dosis de humor: “Es el único deporte en el que podés partirle un hacha en la cabeza a una persona y no ir preso”.

El fin de semana de pascuas, Valherjes organiza una feria medieval en Remedios de Escalada. Si bien se pone en juego una copa para los clubes de combate, se realizan eventos de recreacionismo y la fusión con componentes de la vida medieval le da al deporte un halo de integralidad que lo eleva de categoría. “Organizamos ferias en los torneos para darle un contexto para generar ese ambiente. No es lo mismo ver a 30 locos cagándose a espadazos en una plaza que estar rodeado de un ambiente con carpas y la gente vestida con la ropa de esa época”, dice Fortunato.

El arraigo cultural del movimiento no exime a extraños de interesarse en la práctica. La proliferación de juegos de video y la popularidad de películas de época y series como Juego de Tronos y Vikingos atraen a curiosos que sueñan con ser un Jaime Lannister o una Lagertha cualquiera. Pero los especialistas advierten que esta práctica requiere mucho más que las ganas de vestir una armadura y portar una espada.

“Hay pibes que se la pasan jugando jueguitos medievales, caen en el club y quiere pelear. Se ponen la armadura, dan dos golpes y no pueden más. Esto no es Game of Thrones. Te tenés que entrenar”, aclara Villa, que entrena a unos 20 luchadores en la sede de Valherjes en Lomas de Zamora y ve entrar y salir a muchos. “Hay algunos que a los 10 minutos están escupiendo los pulmones, viene dos o tres clases y no pueden más. Y está el que viene, agacha la cabeza y en seis meses está hecho un misil”.

En ese sentido, la armadura, a la vez que filtra a los carentes de esfuerzo, democratiza. “Puede venir un flaco que hace artes marciales, pero se pone la armadura y es un queso. La armadura te anula todas las habilidades. Es complicado el deporte, por más que tengas virtudes, te calzás una armadura y es otra cosa”, sostiene Villa, que encuentra difícil reclutar luchadores que permanezcan en el club. “Queda el 2% de los que vienen, porque se creen que compran la armadura y ya está. Pero si vos querés ser profesional, tenés que entrenarte como los mejores. ¿Cómo es? Cuatro veces por semana y una con armadura, como los europeos”. Los entrenamientos son exigentes. “Es como hacer crossfit”, grafica Villa.

Para contradecir otro prejuicio, el combate medieval no es un deporte propiedad de hombres. Aunque a decir verdad, no siempre fue así. “Solo podían pelear hombres, pero cuando Argentina ingresó en el mundial una chica empezó a quejarse con todos los rusos y permitieron participar a las mujeres. Ahora tenemos categoría masculina y femenina”, cuenta Fortunato. Muchas mujeres integran el colectivo histórico en diferentes roles y, aunque la cantidad es escasa en comparación a los hombres, es creciente el número de luchadoras. “Hay una luchadora mujer por cada ocho varones. Pero en equipos la proporción es 40-60; falta nivel, pero hay muchas entrenándose”.

Podríamos decir que el combate medieval promueve entonces la igualdad de género, pero sería más riguroso inferir que el deporte de lucha intenta desarrollar el trabajo de equipo, característica indispensable para tener éxito. “Se trabaja en equipo, el entrenamiento es en equipo, entrás a la liza y no estás solo, estás con cuatro personas que te van a ayudar cuando lo necesites”, dice Fortunato. Villa comparte: “Siempre hay que generar el dos contra uno en las peleas grupales. El que va de guapo solo siempre termina en la liza”.

Pero si hay algo que este deporte genera sin dudas es adrenalina. Para los que ven desde afuera y, sobre todo, para los que se matan adentro. “Competí en torneos de kung fu, full contact, jiu jitsu, pero la adrenalina que te da ver un monstruo de dos metros con armadura, que llega a 2,30m, con un hacha que pesa 3,5kg listo para partírtela en la cabeza, eso no te lo da absolutamente nada”, describe con éxtasis Fortunato. “Uno es un guerrero. Es diferente, te genera una adrenalina que no se puede comparar”.

El combate medieval, como el recreacionismo, se encuentra en franca expansión. Pero todavía debe superar barreras culturales. Por lógicas razones, el mundo medieval es inmensamente más popular en Europa. “Allá hay mucho más arraigo cultural, querés ver una armadura, caminás tres cuadras y tenés un museo. Acá nos metemos por la parte deportiva”, explica Fortunato. Pero el presidente de la federación sabe también que en la liza no solo se disputa un deporte competitivo. “Esto es un show. Por más que tengamos esta onda deportiva, también entendemos que tenemos que brindar un espectáculo, como hacían los gladiadores”.

Es por eso que los chicos que andan en bicicleta, los adultos sentados en los bancos, la pareja tirada en el pasto, los caminantes que pasan y hasta el perro que merodea la zona desvían su atención hacia los guerreros en armaduras que a unos metros se matan a golpes adentro de una jaula. A un costado, también, dos chicos parecen no inmutarse por el espectáculo que se brinda a su lado. Están pateando penales.

Plaza céntrica; tarde veraniega.

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@QuerciaNicolas

Periodista en construcción.

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