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Augusto Servello: presente y futuro de la esgrima argentina

Augusto Servello: presente y futuro de la esgrima argentina

Promesa y realidad de la esgrima argentina, Augusto Servello sueña despierto. En charla con Cinco Anillos, el zurdo de 18 años repasa su vida ligada al deporte, cuenta su presente de entrenamientos y trabajo en España y visualiza su futuro sobre una pedana: “No dejo de pensar que puedo clasificarme a los Juegos Olímpicos, que puedo tener una medalla panamericana en mayores”.

Augusto Servello, integrante de la selección argentina de esgrima.

Los pasillos de GEBA se hacen escuchar en el silencio matinal. La historia viva de la institución porteña salta de las paredes y atraviesa a los eventuales transeúntes con la velocidad de una estocada. En uno de sus recovecos, un joven de 18 años escribe su propia historia a base de talento y dedicación. Con una sonrisa dibujada en el rostro. Y un florete en la mano izquierda.

La sala de armas de la sede Aldao en el club Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires es uno de los lugares en el mundo de Augusto Servello y el escenario en el que recibe a Cinco Anillos un día antes de viajar a Cochabamba a disputar los Juegos Suramericanos. Su título a finales del año pasado en la Copa del Mundo juvenil de Guatemala, que le valió el reconocimiento con el Premio Cinco Anillos al Mejor Deportista Argentino de noviembre, es mera excusa para conocer mejor a quien es presente y futuro en la esgrima nacional.

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Al pequeño Augusto le fascinan las espadas, aunque en realidad sean lápices, reglas o incluso un bajalenguas, ese palito de madera que usan los médicos para inspeccionar gargantas. Variadas en tamaño y material, las espadas se coleccionan en el paragüero hogareño. Mientras juega, el pequeño Augusto alimenta fantasías mirando al Zorro todas las tardes junto a su abuelo. Y las aventuras del enmascarado generan preguntas.

-Abuelo, ¿qué es eso?

-Eso es esgrima.

-¿Y qué es eso?

-Lo que tanto hacés con la espada, eso es un deporte. Cuando seas más grande, te llevo.

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Servello posa junto al olímpico y entrenador Alberto González Viaggio, luego de recibir el Premio Cinco Anillos al Deportista Argentino de noviembre.

“¿Me pongo el uniforme?”, sugiere Augusto. Mientras se viste para las fotos, Servello describe cada uno de los elementos oficiales que conforman un equipo que habla en euros; hace tomar el florete y explica cómo poner la mano. “Es como apuntar con un arma”, dice y acomoda los dedos mal posicionados. Con la precisión de un cirujano y la memoria de un elefante, enumera los sellos de los torneos que disputó y sobreviven al tiempo tatuados en su careta. Ya en la pedana, marca posiciones y enseña la técnica de combate, mientras revela secretos de la batalla, como quitarse la máscara en medio del duelo para hacer algo de tiempo y frenar el ritmo del rival; como en el barrio.

“Es una bestia”, dice el maestro Alberto González Viaggio mientras Augusto posa para las instantáneas. El profesor sabe de lo que habla: tiene décadas de experiencia en la materia y lleva consigo el recuerdo de ser el último floretista argentino en unos Juegos Olímpicos, en Pekín 2008. Al menos por ahora.

Mamá Karina y novia Valentina (de la Fuente, integrante del seleccionado juvenil de sable) también registran todo. “Hace seis meses que no las veía. Ahora volví porque tenía ganas de ver a mi familia”, cuenta Augusto. Es que hace un tiempo decidió instalarse en Europa para poder crecer como deportista. En España. Solo.

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Dos años después de aquella conversación mirando el Zorro, el abuelo de Augusto muere. Pero el recuerdo de la esgrima persiste y con la insistencia de su madre se acerca a descubrir ese deporte que tanto lo fascinaba sin conocerlo. El primer día en el Centro Naval de Olivos, de la emoción, se cuelga de un farol que se cae y se rompe.

El maestro Guillermo Saucedo, una de las grandes eminencias del deporte, le enseña los preceptos básicos de la disciplina. La base, la guardia, el florete. El pequeño Augusto se mide con otro chico que, como él, recién arranca. El maestro Guillermo se acerca a mamá Karina y le confía:

-Preparate, vas a tener que gastar mucho, porque él es bueno.

Augusto terminó el 2017 entre los 10 mejores del ranking mundial juvenil.

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“Hasta el año pasado estaba haciendo cinco meses acá y allá para preparar torneos. Pero para ahorrar dinero, y porque estoy teniendo muchos torneos pegados, tomamos la decisión de que me tenía que ir allá”, narra Augusto en una mesa del buffet. Mamá Karina, a su lado, asiente. La decisión, claro, es de vida. Y familiar.

Servello vive y se entrena en España bajo la tutela de Yanina Iannuzzi, floretista argentina que compitió en los Juegos Olímpicos de Barcelona y Atlanta. “Todos los días doble turno, hasta tres y cuatro. Hace dos o tres años me estaba acostumbrando al ritmo, era muy pesado”, cuenta el juvenil. “Un día me despierta mi entrenadora y me dice ‘vamos a correr’. Eran las 5 de la mañana. Me quería matar. Llegamos tipo 6, hicimos algunos ejercicios y bueno, ‘ahora a dormir’. Nos despertamos a las 9 y nos entrenamos; tomaba una clase al mediodía, después otro entrenamiento y a la noche otra clase”.

Pero el esfuerzo da frutos y la decisión de vivir en Europa redunda en su nivel. “Los europeos tienen un ritmo diferente. Son más tiempistas, más estratégicos. Y el tipo de entrenamientos es más físico. Aparte tengo torneos todas los fines de semanas, sea nacional o sea territorial en Madrid. Y una cantidad de personas increíble que acá no tengo. Acá un nacional puede ser de 16 personas y allá de 64. Y tenés que tirar, tirar y tirar hasta llegar a la final. Eso es lo que a ellos les sube el nivel. No tanto el nivel de competencia, sino la exigencia física; tenés que estar enfocado todo el tiempo. No me fui tanto por el nivel de atletas, sino por la cantidad”.

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Augusto hacía esgrima, pero practicaba de todo. Vóley, natación, tenis de mesa, handball, taekwondo. Incluso probó con el circo. Hasta que un día la exigencia física le empezó a pasar factura en su nivel sobre las pedanas y el maestro Guillermo le dio un ultimátum: había que elegir. Y eligió esgrima.

Aunque ganaba torneos intercolegiales y crecía en su formación, en ocasiones pensó en abandonar. “Había llegado a un nivel que era demasiado alto para un chico de 10 años. Y era exigente. Estaba cansado, había muchas veces que me ponía a llorar. Le decía a mi mamá que no quería más. Y ella me decía que lo hiciera por diversión, que si me cansaba lo dejara”. Y no lo dejó.

“Seguí hasta que tocó el Sudamericano de Bolivia, en 2011, la primera vez que me subía a un avión. Perdí en cuadro de 8 y me quería matar, quedé a un paso de la medalla. Después en Uruguay me pasó lo mismo y otra vez me quería matar. Todos los chicos tenían una medalla sudamericana y yo decía ‘cuándo me va a tocar’. Hasta que en Argentina gane cinco medallas sudamericanas y dije ‘por fin’”.

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Más allá del aporte estatal a través de becas y pasajes y la banca de familiares y cercanos, vivir y desarrollarse lejos de casa no es fácil. Augusto vive con la familia de su entrenadora y se hace de un extra como árbitro nacional. Con ese ingreso alcanza a cubrir al menos algunos gastos del club o de transporte. “No conozco otro tirador que se mantenga solo”, dice.

Si bien es joven, Servello ya planifica su futuro ligado a la esgrima. Comenzó un curso para convertirse en maestro en Valencia. Esa una carrera universitaria de tres años y ya cumplió el primero, el de monitor. Le queda el de entrenador y el de maestro. “Me gustaría ser entrenador de algún país, no solamente de Argentina”, cuenta. “También quiero ser profe de educación física, pero como es presencial no encuentro la forma de hacerlo. Estoy viendo, pero el año que viene es clasificatorio para los Juegos Olímpicos”.

Junto a Erik Varas y Nicolás Marino (también ambos categoría 99), Augusto Servello lidera un equipo de florete que cosecha variados éxitos entre juveniles, como el subcampeonato panamericano obtenido este año en Costa Rica. “Mi equipo es muy bueno, con mucho futuro. Se lleva muy bien”, cuenta el zurdo, que no se achica en las expectativas. “Podemos llegar a clasificar a los Juegos Olímpicos; en las copas del mundo bajamos a Alemania, a Ucrania, casi a Polonia y Estados Unidos. Sumado a Jesús Lugones y Belén Pérez Maurice, que hacen cosas increíbles, la esgrima argentina está creciendo mucho y se ve en las copas del mundo”.

Zurdo y especialista en florete, ganó la Copa del Mundo juvenil en Guatemala.

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A los 12 años, Karina le preguntó a Augusto si quería viajar a Italia para ir a entrenarse… solo.  “Yo no entendía nada, venia de tirar un Sudamericano. Habían conseguido una sala donde había campeones olímpicos y me decía que fuera”. Recayó en Frascati, al sur de Roma, cuna de esgrimistas. “No sabía hablar italiano. Tenía amigos brasileros porque había entrenado un mes en el club Uniao, que es muy fuerte y me invita siempre. Y volví hablando portugués. Pensé: ‘esto se parece bastante’. Y me mandé hablando solo, aunque hablara demasiado mal”.

Después de la primera gira, en la familia entendieron que la cosa en el colegio no funcionaba. Por las faltas, claro. “Hubo un año en que me llevé todas las materias y ahí dijimos basta. Con ayuda del colegio y del Enard pude aprobar. Rendí las básicas y me dieron el pase para ir al Seadea”. Estudiando a distancia pudo terminar el colegio sin perder la posibilidad de viajar. “Antes faltaba un mes y no entendía nada”, cuenta.

De tanto viajar solo no solo creció a nivel deportivo, sino que debió hacerlo como persona independiente. “Alquilaba aparte, aprendí a cocinarme solo. Frascati es un pueblo y tenía todo cerca; el súper al lado, la sala en la esquina. Era entrenarme, comer, dormir y ya está. Era lo que más me gustaba”.

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Viajar tiene su lado bueno y su lado malo. Con edad de cadete, Augusto tiraba en competencias de juveniles. Pero entre las copas y los entrenamientos, no quería más. “Estaba harto de viajar. Venía de entrenarme en España y tocaba ir a Chile. Puteé. No me quería ir de casa”. Pero fue. Y perdió la final de su categoría con un chileno al que nunca podía ganarle. “Quedé re triste. Me quería matar, tanto tiempo entrenándome en España para que me fuera así”. Al otro día debía competir en juveniles, pero no quería. Su mamá lo convenció: “Tirá para divertirte”. Empezó a tirar y ganaba. Cuando se dio cuenta, ya estaba en la final, contra su compañero Erik Varas. Y lo venció. “Siendo cadete gané en juveniles. Pensar que estuve a nada de no tirar”.

De ahí tenía que ir directo a Budapest para disputar la Copa del Mundo. Pero de nuevo, no quería viajar. Otra vez, su mamá lo convenció. “No me quedaba otra. Fui puteando y puteando, no pasaban más las horas”. En las pedanas, como en Chile, empezó a ganar. Y bajó a candidatos como el francés Enguerrand Roger, medallista mundial. “Íbamos parejo hasta que me gana 13 a 9. Ahí le empecé a meter y cuando vi estaba 14 a 13. Cuando me lo bajé, el tipo se agarraba la cabeza, lo que puteó. Nadie podía creer que un pibe de 16, 17 se bajara al francés que era número 2”, recuerda. Como en Chile, acabó teniendo éxito aunque no quería subirse al avión. “Terminé entre los ocho mejores en uno de los torneos más fuertes del circuito. Y ahí me empezaron a conocer”.

Virtuoso con el florete, Servello se mudó a España para cumplir sus sueños.

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Augusto habla, le gusta recordar detalles de duelos y pone a prueba a su memoria. Mamá Karina también aporta datos, corrige y lamenta: “Son tantos torneos que ya ni me acuerdo”. Y los que quedan.

“Lo visualizo demasiado”, contesta Servello cuando se le pregunta si se imagina a sí mismo en los grandes eventos, en mundiales y Juegos Olímpicos. “En el último mundial juvenil, el de Verona, lo visualizaba pero demasiado. Estaba 8 del mundo y me dije: ‘por qué no me podrá tocar’. Me dije ‘Augusto: es un mundial, pero es un torneo más en tu vida’”, habla y se habla al mismo tiempo. “Me calcé los auriculares y no hablé con nadie, salvo mi entrenadora. En tabla de 32 me tocó un chino, zurdo, imposible estudiarlo. Venía bien hasta que se empieza a equivocar el árbitro y se me escapó. Pero estuve a un paso de estar entre los 16 del mundo, no está nada mal”.

En ese constante equilibrio entre saberse con condiciones pero no agrandarse está Augusto. Un proceso dinámico en el que conviven el talento y el trabajo. “El otro día mi mamá me pasó un video de un discapacitado que tiene medalla en los Juegos Paralímpicos y el tipo decía que visualizó 17 mil veces cómo iba a conseguir su victoria. Tengo que visualizar más. No dejo de pensar que puedo clasificar a los Juegos Olímpicos, que puedo tener una medalla panamericana en mayores. Pero no hay que creérsela tampoco; hay que ir a buscarlo”.

Esgrima
@QuerciaNicolas

Periodista en construcción.

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